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La Ciudad idealizada
Ante la inminente inauguración de la II Bienal de Valencia, que este año está dedicada al tema de la Ciudad ideal, muchos nos preguntamos por el sentido y la oportunidad de este espectacular macro evento cultural. Una compulsiva aglomeración de actividades cuya finalidad no se entiende bien más allá del estricto efecto publicitario, tal como la experiencia de la primera edición demostró cumplidamente y las recientes declaraciones de su director Luigi Settembrini han apostillado. Y como en esta edición el evento se ha marcado metas aún más ambiciosas, que pasan por la ocupación de solares para la realización de intervenciones públicas que estarán necesariamente descontextualizadas y desvinculadas de la realidad que las alberga, consideramos que cabe hacerse algunas preguntas.
En primer lugar, ¿de qué Valencia estamos hablando? La ciudad que nosotros conocemos está marcada por numerosos conflictos entre la Administración y la Ciudadanía. Centrándonos tan sólo en los de carácter urbanístico cabe hablar de la Zal del Puerto y los desalojos forzosos que conlleva; la prolongación de Blasco Ibáñez, que atenta contra la integridad urbanística del Cabanyal; una innecesaria ampliación del IVAM que va a realizarse pasando por encima de más de 50 familias afectadas y de la desvertebración del barrio; la descatalogación de edificios recién restaurados para dar visibilidad a la antigua muralla árabe; la expansión especulativa a costa del cinturón verde que rodea la ciudad y la instalación de plantas de residuos contaminantes en las zonas adyacentes; la ausencia de una verdadera política de rehabilitación e implantación de servicios en las zonas más degradadas que busca su completa descapitalización, sembrando con ello el terreno para la posterior especulación (lo que se conoce como políticas de gentrificación); el trazado del AVE que parte en dos la zona más poblada de la Comunidad y acaba con nuestro patrimonio paisajístico; el Plan Hidrológico Nacional que violenta los derechos históricos de los regantes de la Ribera sin solucionar los problemas hídricos de la Comunidad; La nueva Ley de Minas... . Todos ellos, junto a muchos otros que bullen a un ritmo más silencioso, configuran un crispado entorno social en el que suena a burla hablar desde la Administración de su interés por la ciudad ideal.
En segundo lugar, ¿qué es lo que nos va a aportar a los valencianos? En este sentido conviene recordar que la teoría de la información, confirmada con creces por la experiencia de la anterior edición, demuestra que la acumulación acrítica de actividades coincidentes no es un bien en sí misma sino que constituye un auténtico problema de saturación porque los inevitables ruidos terminan distorsionando el conjunto de la comunicación. Por otra parte, el lanzamiento de artistas paracaidistas, a saber, artistas contratados puntualmente que desconocen la realidad de la ciudad donde exponen, es una práctica totalmente obsoleta en el contexto internacional del arte público actual, el cual apuesta, mayormente, por la generación de estrategias globales de convivencia no traumática y propone tácticas de colaboración y participación entre los diferentes profesionales y los residentes directamente afectados. Un campo en el que los artistas tendrían mucho que decir, en cuanto catalizadores del sentir público de la ciudadanía, más allá de los simulacros simbólicos que la idealización de los problemas reales conlleva.
Ante este panorama, seguimos preguntándonos: ¿qué ocurrirá cuando esta 2ª edición de la Bienal concluya? ¿En qué notaremos los ciudadanos de a pie la inversión realizada? ¿Habrá más y mejores infraestructuras públicas en los solares intervenidos; mayor accesibilidad a las viviendas que, a lo mejor algún día, en ellos se construyan? ¿Acaso esta edición se planteará, aunque sea mínimamente, recabar datos reales sobre los conflictos y las deficiencias existentes para buscarles solución en un futuro próximo? Porque, si al final de estos cuatro meses un evento que invierte al menos 5 millones de euros y pretende hacer una valoración sobre las ciudades del futuro sólo ha sido una pared donde colgar un conjunto de representaciones artísticas contemporáneas (siendo como es la Valencia de ahora mismo un desierto para el arte actual) quedará demostrado, de nuevo, que mejor hubiera sido dirigir los esfuerzos hacia otro lado. Hacia los barrios y los conflictos que, aun abiertos y muy abiertos, la Administración municipal y autonómica se empeñan en ignorar.
Ciutadans per una cultura democràtica i participativa
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